El anarquismo y la clase obrera mexicana 1860 a 1931 (John M. Hart)

cananea

Acá presentamos este texto, lo iremos subiendo por capítulos, pero dejamos la liga para leerlo y descargarlo completo:

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El anarquismo y la clase obrera mexicana 1860 a 1931

John M. Hart

(Primer entrega)

PREFACIO

Éste es un estudio histórico del movimiento anarquista y su impacto crucial en la clase obrera mexicana entre 1860 y 1931. No se trata de la historia de la clase obrera mexicana. Esa tarea de síntesis requiere que se completen numerosas monografías sobre aspectos regionales y temas de dicha historia.

El presente estudio explora el anarquismo como un factor importante en el desarrollo de la clase obrera urbana de México y de los movimientos agrarios. No pretende que el anarquismo, en ninguna época, fuera la única ideología existente en el movimiento obrero, o que indujera la alianza ideológica de una mayoría de obreros, ya fueran urbanos o rurales. Al explicar la historia y derrota del anarquismo, no se pretende negar otras de socialismo o marxismo que tuvieron su lugar apropiado en la historia de la clase obrera. Sí se quiere destruir algunos viejos mitos; pero el hecho de que los líderes del siglo XIX: Plotino Rhodakanaty, Santiago Villanueva, Francisco Zalacosta y José María González; el precursor revolucionario del siglo XX, Ricardo Flores Magón; los fundadores de la Casa del Obrero, Amadeo Ferrés, Juan Francisco Moncaleano y Rafael Quintero, y la mayoría del Centro Sindicalista Libertario, líderes de la Confederación General de Trabajadores, fueran anarquistas que negaron vigorosamente al gobierno, no minimiza la riqueza de la tradición marxista socialista en México.

La tradición anarquista es sumamente compleja. Abarca varias clases sociales, incluyendo a intelectuales, artesanos y obreros comunes y corrientes; asimismo contiene condiciones sociales cambiantes y acontecimientos revolucionarios y políticos que remodelaron las ideologías y el pensamiento. Durante el siglo XIX los anarquistas podían distinguirse de sus contrapartes obreros socialistas y sindicalistas por su singular oposición al gobierno. A principios del siglo XX, los lineamientos de su ideología se definieron aún más al reafirmase las doctrinas anarco-sindicalista, anarco-comunista, sindicalista y marxista. Aunque reconozco mi simpatía por los ideales libertarios y la impaciencia que me producen sus objetivos a menudo autoderrotistas y sus tácticas irrealistas, he hecho un sincero intento por explicar los acontecimientos con la mayor objetividad posible. Quizá no sea una empresa tan sencilla debido a la emoción que rodea a este tema, pero espero que ésta sea una evaluación ecuánime de los anarquistas mexicanos y del lugar que debidamente les corresponde en la historia de la clase obrera mexicana.

Quisiera expresar mi agradecimiento a todos los colegas y amigos sin cuya ayuda y consejo este estudio no habría sido posible. En el momento mismo de iniciarlo, Dieter Koniecki en la ciudad de México, generosamente puso a mi disposición una amplia información histórica obtenible sólo a través de fuentes particulares. Rudolph de Jong, director del International Institute of Social History, en Amsterdam, me recibió y ayudó en la búsqueda de documentos importantes con una solicitud inapreciable. Stanley Payne y Fred Bowser me animaron y me orientaron desde el principio. James Wilkie contribuyó con importantes sugerencias en lo que respecta al siglo XX y George T. Morgan, Thomas Howard y Laurens B. Perry me dieron una valiosa ayuda editorial. Mi gratitud especial la reservo al ingeniero Ernesto Sánchez Paulín, quien con gran generosidad y fe en mi trabajo me dio seis fotografías invaluables y me permitió el acceso a periódicos anarquistas difíciles de obtener que datan de principios del siglo XX. El Faculty Research Committee de la Universidad de North Dakota me ayudó a completar este estudio al otorgarme una subvención durante los veranos de 1971 y 1972. El Faculty Research Committee de la Universidad de Houston, me proporcionó una subvención similar en el verano de 1974.

El equipo técnico editorial de The Americas cooperó enormemente al permitirme publicar en este volumen material que originalmente apareció en los números de octubre de 1972 y enero de 1974 de esa excelente revista. Hago una especial mención de los académicos mexicanos que han ampliado el estudio de los movimientos obreros mexicanos. Entre ellos están José C. Valadés, Luis Chávez Orozco, Manuel Días Ramírez, Rosendo Salazar, Luis Araiza y Jacinto Huitrón. El trabajo pionero de Fernando Córdova Pérez, en su tesis inédita de licenciatura también contribuyó enormemente. Por último mi agradecimiento a Lisa por su ayuda con el manuscrito y a Mary por su firme apoyo e inagotable paciencia.

                                                                                                                                                                  John M. Hart.

 

CAPÍTULO I:  ORÍGENES DEL ANARQUISMO MEXICANO

INFLUENCIAS EUROPEAS

El movimiento anarquista mexicano o libertario socialista que arraigó y se propagó durante los cincuenta años anteriores a la Revolución mexicana de 1910, surgió del original proceso de desarrollo de México así como de influencias europeas. Representó varias respuestas (no todas) a medio siglo de cambios profundos en los campos social, político e industrial. Tanto como doctrina, como movimiento, el anarquismo sufre incomprensión popular. Pese a su persistente rechazo de la autoridad estatal, el concepto simplístico de anarquismo como oposición violenta a todas las formas de gobierno y como manifestación ilimitada de individualismo, resulta totalmente inadecuado si se quiere entender el papel que tuvo esta ideología en la turbulenta historia de los movimientos de las clases obreras urbanas y rurales de México, así como para medir su impacto en el desarrollo de la nación. Surgida originalmente en Europa, la teoría anarquista sufrió varias modificaciones importantes y a menudo conflictivas antes de ser importada por México, en donde fue objeto de una fragmentación todavía mayor pese a su forma ya de por sí inconsistente.

Los precursores de la ideología anarquista florecieron durante la Ilustración del siglo XVIII. Los filósofos franceses sobre todo, al brindar a la sociedad occidental sus creencias optimistas en el progreso: la perfectibilidad del hombre y sus instituciones sociales, basadas en la razón humana, crearon una corriente de opinión que condujo al surgimiento del pensamiento anarquista. Jean-Jacques Rousseau, uno de los pensadores más creativos de la Ilustración, contribuyó con un ímpetu excepcional al examinar la relación del hombre con la sociedad y el Estado. Su observación de que “el hombre nació libre pero todo lo encadena”, se convirtió en uno de los principales dogmas del movimiento anarquista, que buscaba romper las cadenas reorganizando la economía y la constitución política a fin de eliminar el poder opresivo del Estado.

Las etapas iniciales de esta ideología anarquista específica: “La santa idea”, tal como la identifican sus más devotos seguidores se deben a dos fanáticos propulsores del individualismo, provenientes de fines del siglo XVIII y principios del XIX: Max Stirner (seudónimo utilizado por Kaspar Schmidt) en Alemania, y William Godwin, en Inglaterra. Stirner aspiraba a una “unión de egoístas” que se viera constituida por superhombres independientes, sin trabas legales de ninguna especie; más importante para el curso futuro del anarquismo, Godwin, por su parte, afinó y desarrolló los argumentos de Rousseau. Trazó el origen de las fuentes de trabajo humano asociándolas al mal gobierno e instituciones inadecuadas; insistió en que la razón humana mediante la educación, podía resolver los problemas humanos. Una preparación de esta índole, decía Godwin, hacía al hombre capaz de controlar sus pasiones, buscar la igualdad y una vida sencilla que no requiriera de gobierno alguno. Posteriormente, el anarquismo profundizó y siguió afinando estas ideas del individualismo, hasta colocarlas en el contexto social de la revolución industrial.

El primer apoyo sustancial que el anarquismo recibió de una clase trabajadora rural, se debió al concepto de asociación mutualista que ideara Pierre Joseph Proudhon, originario de un pequeño pueblo con economía agrícola campesina del sus de Francia. Proudhon llevó las convicciones y valores del artesano y agricultor de una aldea francesa hasta París, en donde reaccionó con violencia a las duras condiciones de las clases trabajadoras en las ciudades francesas que se estaban industrializando. Muchos de los intelectuales franceses compartieron el rechazo de Proudhon a las nuevas ciudades en crecimiento. La publicación de sus primeros ensayos críticos en protesta al surgimiento de una cultura capitalista-industrial, en los que proponía alternativas político-económicas al gobierno que mantenía un orden social capitalista, coincidió con la formación de comunidades enteras en el campo, organizadas por intelectuales expatriados que ensalzaban el modo de vida campesino. En el mundo de las bellas artes, los pintores de la escuela Barbizon cobraban fama en este período debido a sus retratos idealizados de campesinos limpios, sanos, trabajadores, que llevaban una vida “natural y humana”. Muchos de estos artistas y sus contrapartes escritores, se vestían de campesinos, se casaban con campesinas y trabajaban en el campo parte de su tiempo. Posteriormente, en el siglo XIX, escritores como Tolsoi y Kropotkin, buscaron también alivio psicológico de esta manera. Para muchos intelectuales y artistas franceses de principios del siglo XIX, el modo de vida aparentemente igualitario de las granjas y pueblos agrícolas era, a diferencia de lo que ocurría en la ciudad, lo que colocaba al hombre en el seno de la naturaleza y en comunión con su prójimo y su medio. Los valores individualísticos-comunitarios que expresaba Proudhon, al igual que aquellos que abrazaron y desarrollando su ideología, encontraron un apoyo financiero entusiasta entre los trasplantados ex campesinos que ahora formaban el emergente proletariado urbano del siglo XIX; en muchas partes del mundo, los campesinos se mostrarían partidarios de estos principios. En 1830 y 1840, este incipiente anarquismo era en gran parte una intelectualización y defensa de los valores y costumbres tradicionales.

Proudhon aplicó los principios libertarios de Godwin y Rousseau a las ideas anteriores de Fourier sobre comunidades utópicas con regímenes socialistas autoritarios, o falansterios. La modificación que Proudhon hizo a las teorías de Fourier dio por resultado la visión de una sociedad agrícola y con pequeña industria, basada en comunidades voluntarias y cooperativas de trabajadores ligadas entre sí por contratos de intercambio y crédito mutuo. Este sistema incluía también el derecho a la retención individual de los productos de trabajo necesarios y el de una distribución igualitaria de todos los excedentes. Un banco popular otorgaría la ayuda económica y el desarrollo. Para Proudhon, estas asociaciones eran el sustituto esencial de la dirección capitalista, cuyo poder crecía día con día. De hecho, esperaba preservar los valores y perfeccionar el modo de vida de la sociedad tradicional de la Francia preindustrial. Se oponía a la propiedad privada por ser ésta la piedra angular del capitalismo francés; creía que el apoyo estatal a la nueva organización capitalística de la sociedad era la causa de una creciente intervención gubernamental y de la reglamentación de las vidas individuales. Proudhon insistía en que el individuo representaba el componente básico de la comunidad, y que el control político y social de la aldea pertenecía a la clase trabajadora de esa sociedad. Pero la intromisión del gobierno en la vida del individuo no se pone en tela de juicio invocando a la reforma política solamente. Para Proudhon, la defensa de la libertad individual requería, en última instancia, que la reforma política y social precediera a los ajustes políticos. Proudhon estaba por el cambio sin violencia -un comunismo que defendía la santidad de la comunidad en contra de las intromisiones del capitalismo, por lo que al restringir el capitalismo a gran escala, o la propiedad privada, desplazaba la creciente amenaza que el Estado constituía para la libertad del individuo-. Su solución comunal atrajo inicialmente a elementos de la población agraria y artesanal de Francia, que tenía una larga tradición de ayuda mutua, pero hacia mediados del siglo XIX, a medida que progresaba la revolución industrial, el mutualismo de Proudhon se fue volviendo más y más irrealista dentro de la compleja y vasta sociedad europea.

Las ideas de la clase trabajadora del siglo XIX eran, en sus primeras etapas, de tono moralista y de carácter utópico, pero ya en la segunda mitad de ese siglo, dichas creencias se vieron transformadas en doctrinas relativamente estrictas, transmitidas a las “masas” por los organizadores. Como etapa inicial en el desarrollo del anarquismo de la clase obrera, el mutualismo se volvió obsoleto con el crecimiento de la industria y de un masivo proletariado urbano durante el siglo XIX. El anarquismo era un subproducto de la revolución industrial y su desarrollo era paralelo al de la burguesía y la clase obrera urbana. Las tensiones que forjaba el medio cambiante de la sociedad industrial en el seno de las clases trabajadoras dieron pie a modificaciones en las doctrinas existentes, así como a la formulación de nuevas concepciones políticas y sociales.

El atractivo del anarquismo para la clase obrera europea aumentó significativamente durante 1860 y 1870, como resultado de la ideología y actividades del líder revolucionario del movimiento en la época: Mijail Bakunin. Ruso exiliado revolucionario casi toda su vida, Bakunin desarrolló técnicas efectivas para la propagación del movimiento anarquista y su teoría en una buena parte de Europa. A diferencia de Proudhon, Bakunin favorecía la acción revolucionaria directa y violenta. Su mensaje era mejor recibido por aquellas sociedades en donde las clases trabajadoras estaban en peores condiciones, particularmente España e Italia. Como líder de los disidentes antimarxistas de la Asociación de Trabajadores de la Primera Internacional, Bakunin formó una contra-organización llamada Alianza Internacional para la Socialdemocracia, con ramas en diversos países, en los que a la larga esperaba organizar comunas y cooperativas en federaciones con bases regionales. Una vez bien estructuradas, estas organizaciones regionales desarrollarían y coordinarían actividades económicas y comerciales mediante asambleas que se celebrarían periódicamente. Como oponentes del Estado-nación, los anarquistas esperaban que las organizaciones regionales se afiliarían por común interés pasando por alto las fronteras nacionales, ya que los anarquistas creían que las barreras económicas, culturales y naturales eran obstáculos decisivos para una reorganización sociopolítica. Anticipando la represión gubernamental, Bakunin impulsó también la formación de sociedades secretas y conspiradoras para la distribución de propaganda política, y pese a la oposición que encontraba, siguió organizándose.

Las diferencias más significativas entre el enfoque económico de Proudhon y el de Bakunin se encuentran claramente en la magnitud de los grupos de clase trabajadora tal y como los anticipaba este último. A medida que la revolución industrial avanzaba y proseguía el consiguiente proceso de urbanización, el movimiento anarquista reaccionaba a las necesidades de cambio de la época con el colectivismo de Bakunin. Esta forma de anarquismo era paralela a la de Proudhon, pero con diferencias importantes. Bakunin preveía y aceptaba grupos de obreros más numerosos que Proudhon; buscaba asimismo cooperativas autosuficientes destinadas a la producción y consumo, tanto en sectores urbanos como rurales. De hecho, el colectivismo representaba el inicio de una existencia socioeconómica comunal separada, en el interior de una economía todavía capitalista.

Como modo de vida para el campo tradicional, este orden repelía a la nueva burguesía, y resultó aún más amenazante cuando los bakuninistas comenzaron a organizar a la clase trabajadora urbana. En parte, el colectivismo debía su éxito a los artesanos que lo adoptaron en 1860 y 1870 como defensa de su estatus en decadencia, a medida que la revolución industrial alcanzaba su etapa más explotadora y brutal.

Bakunin y sus colegas hicieron otras modificaciones importantes al pensamiento de Proudhon. Alteraron su concepto de la propiedad individual en pequeña escala con la idea de una propiedad voluntaria de la colectividad, modificación que aumentó el atractivo que el anarquismo ejercía sobre la clase trabajadora. No obstante, el derecho del individuo a disfrutar de su propia productividad, o su equivalente, seguía siendo privilegio de cada trabajador. De ahí que los colectivistas conservaran la batuta que dirigía todas las variedades del pensamiento anarquista: la libertad individual. La diferencia táctica principal entre el proudhonismo y el bakuninismo está en la adopción de un activismo revolucionario y en la divulgación mesiánica de las doctrinas anarquistas por dondequiera que anduvieran sus discípulos.

Piotr Kropotkin y sus anarquistas comunistas aparecieron en el escenario en el último cuarto del siglo XIX; diferían de su viejo maestro Bakunin y de los colectivistas en un punto importante: el sistema bakuninista obligaba el trabajador individual a efectuar una cantidad determinada de trabajo por la que recibía una remuneración en proporción directa con su contribución. Kropotkin y los anarquistas comunistas consideraban que esto, lejos de ser necesario, era una violación al espíritu de auténtica cooperación, y una forma más de salario esclavizante. Así expresaba Kropotkin una dimensión filosófica del anarquismo que encontró aceptación general dentro del movimiento y dio como resultado el rechazo del concepto bakuninista del salario. Kropotkin sostenía que “el amor, la simpatía, el autosacrificio”, desempeñaban un papel importante en el desarrollo de la moralidad humana, pero que era la solidaridad -“la fuerza de la ayuda mutua”- la que constituía la base verdadera para el éxito de la sociedad humana. El bienestar del individuo dependía de un “sentido de justicia” y de la igualdad para todos. Con estos fundamentos la humanidad progresaría.[1]

Los anarquistas comunistas sostenían que un sistema de salarios basado en cantidad y calidad de la producción establecía una diferencia entre el trabajo inferior y el superior y entre lo mío y lo tuyo; es decir, creaba una forma de propiedad privada y eso, creían, significaba colocar los derechos de un individuo sobre los de otro. Por lo tanto, consideraban este aspecto del sistema colectivista incompatible con los ideales del anarquismo puro. El sistema colectivista implicaba también instituir alguna forma de autoridad dentro de las colectividades a fin de medir la actuación individual y por consiguiente supervisar la distribución de bienes y servicios. Kropotkin, por su parte, proponía el principio de la necesidad en lugar del sistema de salarios: “De cada quien según su capacidad, a cada quien según sus necesidades”.[2]

Naturalista experimentado, Kropotkin consideraba al hombre un animal social:

«… la gran mayoría de las especies viven en sociedad, y encuentran en la asociación sus mejores armas para la lucha por la vida, para la lucha en contra de las condiciones naturales adversas a las distintas especies. Las especies animales en las que la lucha individual se ha visto reducida a sus más estrechos límites, en donde la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el mayor desarrollo, son, invariablemente, las más numerosas, prósperas y abiertas al progreso. En el hombre, el clan, la tribu, la aldea, la comunidad, la federación de aldeas, la ciudad, son siempre ejemplos de la necesidad de asociación. Sin embargo, el Estado, que se apoya en laxas aglomeraciones de individuos, no responde a esta necesidad de los mismos».[3]

El hombre ha prosperado gracias a una cooperación voluntaria y libre con los demás. Al contrario de T. H. Huxley y los darvinistas sociales contemporáneos, Kropotkin sostenía que la cooperación espontánea entre animales, y por lo tanto entre hombres, era mucho más importante para la supervivencia que la competencia feroz.[4] Este tipo de argumento tan generalizado, típico del intelecto del siglo XIX, ofreció a los anarquistas un rechazo esencial del darwinismo social, que no era sino una arremetida ideológica elitista. Proveyó también al anarquismo de un apoyo científico intelectual que le era fundamental: el optimismo en el enfoque de la naturaleza humana, y la creencia de que en el futuro una sociedad colectivista sería necesaria.

Igualmente importante fue el hecho de que Kropotkin diera al anarquismo una teoría de la historia. Identificó el progreso humano y tecnológico con las prácticas de la ayuda mutua y de la asociación.

«La ciudad griega y la medieval dieron libertad al hombre… Combinaban la ayuda mutua tal y como se practicaba dentro de la comunidad, o en el clan griego, con la amplia iniciativa de que disponía el individuo».[5]

«… Hay que considerar el asombroso progreso de los siglos XII al XV en el tejido, el trabajo de los metales, la arquitectura y la navegación, y el progreso científico del siglo XV…

Para el progreso industrial, al igual que para cualquier otra conquista de la naturaleza, la ayuda mutua y un estrecho intercambio, son… mucho más ventajosos que una lucha mutua».[6]

Kropotkin anticipaba asimismo el impacto de la ideología revolucionaria anarquista en las sociedades de culturas tradicionales y de economías débiles. Coincidía con Bakunin en que los anarquistas debían buscar “a sus seguidores entre los humildes; entre las capas más bajas, menos privilegiadas de la sociedad, entre los que el principio de la ayuda mutua es la piedra angular de la vida cotidiana”.[7]

El socialismo libertario alcanzó su forma industrial más madura con el anarco-sindicalismo, que apareció en Europa a finales del siglo XIX. Esta fase de desarrollo reflejaba otra reacción más del movimiento anarquista ante una sociedad industrializada y crecientemente urbana. Los anarco-sindicalistas organizaron a numerosos obreros fabriles en sindicatos que luchaban por la propiedad comunitaria de las fábricas basada en los principios que sus predecesores comunistas-anarquistas, colectivistas y mutualistas, desarrollaran. En esa nueva etapa de la organización anarquista, las armas utilizadas en la lucha por la revolución incluían la huelga general, el boicot y el sabotaje. Debido a la capacidad de su base de apoyo y al amplio alcance de sus tácticas efectivas, el anarco-sindicalismo atraía a diversas facciones al movimiento anarquista en donde las sintetizaba. Aun los pacifistas tolstoianos encontraban sus características, relativamente no violentas, compatibles con sus propias creencias.[8] Fundamentalmente, el anarco-sindicalismo era el portavoz de la respuesta socialista libertaria al complejo urbano-industrial moderno. No obstante, no dejaba de tomar en cuenta también a la población rural.

A través de sus ideólogos españoles de vanguardia del siglo XX, el anarco-sindicalismo ofreció la descripción más completa que se haya visto jamás de una sociedad anarquista:

«Existe sólo un régimen que puede dar libertad, bienestar y felicidad a los trabajadores: se trata del comunismo libertario.

El comunismo libertario es la organización de una sociedad sin Estado y sin propiedad privada.

No es necesario inventar algo o crear una nueva organización social para llegar a él.

Los centros organizativos en torno a los que la vida económica del mañana será coordinada, existen ya en la sociedad actual: son los sindicatos y los municipios libres.

Los trabajadores de las fábricas y otras empresas… espontáneamente se agrupan en los sindicatos.

Con esa misma espontaneidad, los habitantes de una misma localidad se unen dentro del municipio, una asamblea que se conoce desde los orígenes de la humanidad. En el municipio, con base local, encuentran el camino libre a la solución de todos los problemas de la vida comunal.

Estas dos organizaciones, federativa y democrática, tendrán soberanía sobre sus decisiones sin tener que verse sujetas a la tutela de ningún órgano superior.

No obstante, habrán de coligarse debido a sus actividades económicas en común y, formando federaciones de industria, crear órganos de enlace y comunicación.

De esta manera, el sindicato y el municipio tomarán posesión colectiva de todo lo que ahora pertenece a la esfera de la propiedad privada; regularán… la vida económica en todas las localidades, aunque éstas tendrán personas a cargo de sus propias actividades: es decir, tendrán libertad.

De esta manera, el comunismo libertario hace compatible la satisfacción de las necesidades económicas y el respeto hacia nuestras aspiraciones de libertad.

Por este amor a la libertad, los libertarios repudian al comunismo de convento, las barracas, el hormiguero o rebaño tal y como existe en Rusia. Bajo el comunismo libertario no se conoce el egoísmo; éste se ve reemplazado por el más amplio amor social.»[9]

Pero aun si existían diversas variaciones del pensamiento anarquista, todas compartían una característica primordial: un anti-intelectualismo singular. Sobresale este elemento en la obra escrita de Bakunin y del sociólogo polaco Jan Waclaw Machajski, así como en los ensayos del mexicano José María González. El anti-intelectualismo anarquista se desprendía, lógicamente de la posición antielitista y antiautoridad global adoptada por los socialistas libertarios. Este estridente anti-intelectualismo era a menudo hostil a los grados y los títulos universitarios. Dentro del movimiento socialista, los anarquistas temían que el gobierno que concebían los socialistas ortodoxos diera como resultado el asenso de una nueva élite burocrática compuesta por la antigua inteliguentsia desclasada, marxista y universitaria. Por eso, su interés principal era una sociedad sin clases y con autogobierno; su desprecio por la capa alta de la sociedad, a la que consideraban totalmente corrupta, y su rivalidad con los grupos marxistas (generalmente dirigidos por intelectuales), se combinaban para dar por resultado un intenso y persistente antagonismo hacia las élites intelectuales.

La consecuencia más importante del anti-intelectualismo anarquista reside en ese atractivo especial que ejercía sobre la clase trabajadora de aquellos países en donde los trabajadores se veían más frustrados por el parlamentarismo de la socialdemocracia de fines del siglo XIX. Los trabajadores eran particularmente hostiles a la dirección intelectual no obrera de la socialdemocracia, la que aparentaba comprometerse con todo asunto importante que surgiera. Así fue el anarco-sindicalismo prosperó en sociedades como la de España, Portugal, Italia y Francia.[10] Pero también América Latina estaba padeciendo estos mismos males, y México, la ex colonia española, vivió una larga e intensa historia de actividad anarquista.

Otra consecuencia, y ésta fatal, del pensamiento anarquista anti-intelectual, surgió del fracaso anarquista por crear medios para ofrecer seguridad a su sociedad durante el período revolucionario de cambio del capitalismo a la utopía anarquista. Si bien es cierto que los anarquistas veían a las primeras comunas -basadas en la comunidad campesina tradicional, y posteriormente en sindicatos laborales urbanos- como fundamento de esta transición, no supieron ponerse de acuerdo sobre una tesis lo suficientemente durable, tanto en Europa como en México, como para que la comuna o el sindicato sobrevivieran al período crítico de violencia que trae consigo una revolución. Con tal irrealismo, los anarquistas escogieron depender de las milicias de trabajadores y de las unidades de defensa de las aldeas, las que repetidamente demostraron su incapacidad para dirigir exitosamente campañas en contra de ejércitos disciplinados y bien coordinados, ya que no aceptaban la menos sugerencia que hablara de un ejército organizado en la forma elitista-autoritaria habitual.

Aunque las milicias constituían algo de defensa para las comunas y sindicatos, no llegaban a mantener una disciplina militar, una logística, y en consecuencia, una ofensiva eficaz. De ahí que ante cada derrota las fuerzas contrarrevolucionarias tuvieron tiempo de retirarse, reorganizarse y atacar nuevamente hasta vencer. Esta situación asoló a los insurreccionistas agrarios del siglo XIX en México, a los campesinos dirigidos por Makhno de la Revolución rusa, a los campesinos del sur durante la Revolución mexicana y a las milicias anarquistas en Aragón y Cataluña durante la guerra civil española.[11]

El modelo histórico del anarquismo mexicano en la historia de la clase trabajadora contiene una evolución más o menos paralela a la del movimiento en Europa y refleja una síntesis del impacto social en el país y de la continua intromisión de anarquistas europeos, particularmente españoles, y sus ideas anarquistas.

Las clases trabajadoras rurales y urbanas de Europa y México tenían una larga historia de protesta preideológica y preindustrial. Las históricas multitudes urbanas en París, y los tumultos en la ciudad de México en 1624 y 1692, mostraban el claro deseo de las clases más bajas de exigir solución a sus demandas. Estas primeras manifestaciones del descontento de la clase obrera llegaron a derrocar gobiernos, no nada más en París durante la Revolución francesa, y en Barcelona, España, sino también en la ciudad de México durante el virreinato mexicano. El desarrollo progresivo de la revolución industrial y la introducción de ideologías revolucionarias durante el siglo XIX, como el anarquismo y el comunismo, encauzaron el creciente descontento de la clase trabajadora y de su hostilidad hacia la formación de grupos organizados de trabajadores. A medida que transcurría el siglo XIX, los problemas sociales de la clase trabajadora urbana se intensificaron hasta desembocar en el anarco-sindicalismo revolucionario. En la ciudad de México, los modernos sindicatos de trabajadores industriales de principios del siglo XX provenían no sólo de las condiciones y acontecimientos del momento sino también de los antiguos modelos sociales.

El campesinado mexicano, al igual que el europeo había luchado durante mucho tiempo, con medios tanto pasivos como violentos, en contra de la interferencia política y del control económico que tenían extraños. En el pasado, semejante resistencia quería decir “guerras campesinas”, como las que sostuvieron en el siglo XVI los nativos de Alemania y México en contra de los imperios español y azteca. En México, una vieja tradición de bandidismo social precedió al líder moderno de la violenta resistencia campesina: el revolucionario agrario. El bandido social de Río Frío, de Chihuahua, o del este de Morelos, representaba elementos de una cultura campesina y reforzaba la economía del pueblo al despojar de riquezas a extraños para repartirlas entre la comunidad campesina. Representaba la forma de violencia más persistente de la resistencia campesina ante la hegemonía del complejo cultural-económico, urbano y de orientación europea que denominaba los hinterland indígenas. La simbiótica relación económica entre bandido y pueblo, y su firme adherencia a los valores campesinos, eran fundamentales para recibir apoyo local y, por lo tanto, para sobrevivir. Los antiquísimos problemas socioeconómicos del campesinado frecuentemente daban forma a este tipo de bandidismo social. La introducción y adopción de las ideologías revolucionarias del siglo XIX en el mundo rural mexicano conformaron la resistencia agraria, inyectándole un elemento racional y transformando a los bandidos en revolucionarios. El bandido social fue el precursor preideológico del revolucionario agrario mexicano. Y fue el anarquismo, una doctrina congruente con los valores campesinos, el que ayudó a transformar la resistencia campesina en agrarismo militante mexicano.

INFLUENCIAS INTERNAS

La revolución industrial mexicana transformó los modelos socioeconómicos tradicionales e intensificó las presiones sociales que se desarrollaron durante los tres siglos que México fuera colonia de España, y que persistieron después de su independencia. Durante el último período colonial, de formación, una élite conservadora constituida por la Iglesia, el ejército, los grandes terratenientes, comerciantes españoles y funcionarios del gobierno, dominaba la sociedad mexicana. Sin dirigentes, y al parecer sin esperanzas en el momento de la lucha por la independencia, en 1810, los campesinos, que vivían en el campo en una extrema pobreza -muchos de ellos vivían en aldeas comunales- y las clases trabajadoras más humildes de las ciudades, se unieron al ejército comandado por el primer líder del movimiento de independencia mexicana, Miguel Hidalgo. Al verse confrontada por esta incipiente revolución social popular, la élite criolla conservadora buscó mantener su posición privilegiado uniéndose a los españoles hasta que la amenaza hubiera desaparecido. Cuando finalmente apoyaron la independencia de España, trataron de crear una nación soberana que quedara bajo su dirección. Las posiciones antagónicas de los campesinos revolucionarios y los criollos conservadores en la lucha por la independencia, ya anticipaban la estructura de rivalidades que asediarían a México hasta la revolución de 1910.

 El caos de la lucha por la independencia, que ya duraba toda una década, dejó a México en una inestabilidad política, la bancarrota fiscal, el estancamiento económico, una pobreza espantosa y en medio de profundos antagonismos sociales -condiciones estas que una nación no puede superar de la noche a la mañana-. La revolución obtuvo la independencia nacional, pero no logró deshacerse de la élite dominante del México colonial. El poder de los conservadores permaneció intacto, y defendieron tenazmente las fuentes de ese poder contra toda oposición: las instituciones españolas tradicionales, tipo corporación, heredadas del pasado. Desde la Independencia, y por sesenta y cinco años, la nación padeció de inestabilidad política, corrupción en el gobierno, decadencia económica y condiciones de vida miserables para las clases más pobres de las ciudades y el campo.

Sin embargo, el México del siglo XIX sufría cambios repentinos y espectaculares. Después de tres siglos de orden y estabilidad relativos bajo el gobierno español, llegaron a México el liberalismo de la Ilustración y las herejías de los filósofos. Asimismo, la existencia de un movimiento liberal local, dirigido por abogados y otros profesionales, cuyos principios económicos eran un eco de la economía del laissez-faire, y del comercio libre de Adam Smith, exacerbaban las crecientes tensiones sociales. De haber confrontado únicamente estos elementos, los conservadores posiblemente habrían logrado sobrevivir, pero tenían además la amenaza que representó para ellos el inicio de la revolución industrial en México, y todo ello socavó irremediablemente su posición. En poco tiempo, una nueva clase de propietarios de fábricas, nuevos ricos, desplegaron su inmensa riqueza en la ciudad de México y exigieron poder político. Con el desarrollo del sistema de fábricas durante el período que siguió a la Independencia, este nuevo grupo urbano creció lentamente tanto en número como en poder económico. Aliándose a la élite conservadora, lo único que hicieron fue impulsar a la clase trabajadora urbana y a las crecientes capas medias y profesionales de la sociedad a identificarse cada vez más con el liberalismo. A medida que aumentaban el poder y la influencia de estos dos últimos grupos, las necesidades de las áreas urbanas su fueron haciendo más y más evidentes. El sordo gobierno de la vieja y ya debilitada alianza conservadora se volvía cada vez más obsoleto. El resultado fue un desafío que la élite tradicional no pudo impedir.

Aun antes del auge de la nueva industria, los liberales veían al viejo sistema como un anacronismo que requería ser modernizado urgentemente. El principal portavoz liberal de la década de 1830, José María Luis Mora, con frecuencia señaló los gastos exorbitantes del presupuesto nacional en un ejército incompetente que mantenía a la nación en un estado de permanente bancarrota. Al igual que otros liberales, Mora consideraba los gastos del ejército y las tenencias de tierra de la Iglesia, libre de impuestos y relativamente improductiva -además de ser tenencias a perpetuidad a través de la amortización- como el problema económico más importante que México confrontaba. Al igual que sus colegas, resentía también la habilidad del hacendado para evadir impuestos; se oponía a la política gubernamental de aranceles tan bajos que facilitaban a la clase alta conservadora la adquisición de bienes de consumo europeos, impidiendo así el desarrollo de la industria nacional. Cuando en 1854 los liberales tomaron el poder por las armas, iniciaron un programa de reforma, conocido justamente como “la Reforma”, que atacaba los privilegios tradicionales de la Iglesia, de la oligarquía terrateniente, aunque sin amenazar sus propiedades, y del ejército. En su exaltada retórica, los liberales prometían libertad, justicia y esperanza para todos; así fue como abrieron las puertas a nuevas fuerzas para el cambio.

Un programa que colocara al ejército, a la Iglesia y a la nación bajo una misma ley, ero lo que ocupaba el primer lugar en la agenda liberal de la Reforma. La Ley Juárez, que se convirtió en ley en noviembre de 1855, corregía el sistema judicial al restringir los tribunales especiales y los privilegios de que gozaban los militares y el clero, subordinándolos a la autoridad civil laica. Pero la Ley Lerdo, de junio de 1856, tuvo consecuencias aún más extremas. Ordenaba a la Iglesia y a todas las demás corporaciones que se desprendieran de sus propiedades. La definición legal de corporación, incluía a los gobiernos de los pueblos rurales tradicionales, o municipios, cuyas propiedades comunales serían divididas a partir de ese momento. Algunos liberales no supieron prever las consecuencias de esta disposición. La mayoría anticipaba una transferencia de estas propiedades agrícolas a manos de forasteros, y por lo tanto suponía que pasarían a ser tierras más productivas; una minoría idealista esperaba que serían las personas de los municipios locales las que conservarían la posesión de las tierras comunales afectadas; pero los que anticipaban tal retención demostraron una asombrosa ingenuidad ya que en la mayoría de las comunidades jamás había existido la suficiente riqueza y fuerza para oponerse a los grandes terratenientes sin la protección del Estado. De ahí que en la última mitad del siglo XIX los que obtuvieron la mayoría de las tierras no fueran campesinos.

El gobierno de la Reforma buscaba estimular la empresa privada y la pequeña propiedad privada, lo que era típico de los liberales del siglo XIX. Pese a una serie de retrasos en el cumplimiento de la Ley Lerdo, ocasionados por caóticas guerras civiles, la Reforma, y más particularmente los gobiernos subsecuentes de los presidentes Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz, vieron el proceso de toma de las tierras comunales llevado al extremo. Así, tierras comunales que habían sobrevivido al imperio azteca, a la conquista española, a todo el período colonial español y a los primeros años de la Independencia, finalmente fueron sacrificadas a las demandas de los empresarios agrícolas que adoptaban una teoría económica liberal basada en la doctrina del laissez-faire. Las batallas por un poder político nacional entre 1854 y 1867, constituyeron fundamentalmente una confrontación entre la vieja oligarquía conservadora -los militares, el clero, la élite mercantil y algunos de los grandes terratenientes- y los liberales de la tradición de Mora y sus seguidores urbanos, incluyendo a las clases profesionales y artesanas. Pero pese a una aparente victoria de los liberales, los perdedores no cedieron en lo más mínimo. El clero perdió una buena parte de su preeminencia económica y política, pero los militares y los hacendados sobrevivieron a la Reforma y, en lo que restaba del siglo, siguieron poseyendo casi el mismo poder y prestigio social que disfrutaban antes.

Por irónico que parezca, la derrota de la vieja guardia abrió las puertas al nuevo rico, o sea a la burguesía urbana. Durante el breve imperio de influencia francesa con Maximiliano a la cabeza, liberales y conservadores compartieron una impresión favorable de los métodos e industrias europeos. Cuando los liberales volvieron al poder en 1867, se abocaron a un desarrollismo económico con un redoblado fervor que les hizo impulsar a los industriales urbanos, antes conservadores, puesto que eran ellos quienes tenían el dinero, así como a los capitalistas extranjeros, para invertir en, y desarrollar, los sectores clave de la economía. Con las ventajas del poder político recién adquirido y la riqueza correspondiente, este grupo de empresarios compró una parte considerable de la propiedad agrícola que la Ley Lerdo hiciera disponible. En última instancia este proceso resultó en la consolidación económica parcial de algunos de los nuevos industriales urbanos, los grandes terratenientes tradicionales y los liberales que tenían el poder político, haciendo de todos ellos una amalgamada élite reconstituida que dirigió el país hasta la revolución de 1910. Durante el mandato de Porfirio Días, dicha élite terrateniente nueva fue conocida como los jóvenes criollos. Pese a una serie de diferencias entre 1876 y 1910, los dos grupos, el urbano y el rural, entraron en un período de coexistencia relativamente armoniosa conocida como la paz porfiriana. Con la característica del equilibrio entre el capital urbano y los intereses del hacendado rural, la paz significaba también la supresión de los disidentes políticos.

La toma legalizada de las tierras rurales, que comenzó en 1850 y continuó hasta 1910, contribuyó en buena parte a la intensificación de una serie de levantamientos agrarios que se habían iniciado en 1850 y no terminaron sino hasta la muerte de Emiliano Zapata, en 1919. Durante ese período la teoría anarquista, llevada al campo por los militantes socialistas libertarios de la ciudad de México, desempeñó un papel importante en la lucha que se estaba desarrollando.

Durante los cuarenta y cinco años que precedieron a la Revolución mexicana, los anarquistas, que fueron los primeros agraristas urbanos, contribuyeron con una doctrina al antes mal entendido movimiento agrario mexicano. Así esperaban cambiar la naturaleza del agrarismo mexicano, de levantamiento profundo pero relativamente inarticulado a movimiento fortalecido por una visión campesina del mundo futuro, coherente. La resistencia suscitada por la opresión y la imposibilidad de satisfacer las necesidades básicas, articularon un programa que preservaba los patrones tradicionales de la vida campesina. Específicamente, los agraristas anarquistas exigían la autonomía local del gobierno central; la recuperación y la redistribución de las propiedades agrícolas por los municipios libres o los gobiernos de los pueblos libres, y el fin de la corrupción política de los funcionarios locales y nacionales. El éxito que tuvieron al convertirse en parte del movimiento agrario mexicano, se debió a la compatibilidad de su programa con los valores, tradiciones y aspiraciones de la gente local. Esta herencia agraria consistía en una identificación individual con el pueblo propio, un sentimiento de igualdad, una total desconfianza hacia los forasteros, como por ejemplo los propietarios ausentistas, los contratistas de la fuerza de trabajo, los recaudadores de impuestos, los reclutadores y los funcionarios del gobierno; también sentían un permanente recelo hacia la política en general. La población campesina había luchado durante mucho tiempo por preservar el orden campesino, que incluía el control de la tierra por el poblado, y el autogobierno. Una prolongada serie de insurrecciones campesinas en apoyo de estas aspiraciones, más la ayuda del anarquismo y otras ideologías radicales, desafiaban desde 1860 la existencia misma del sistema económico y político prevaleciente y fueron las que condujeron al levantamiento agrario de 1910.

Mientras el movimiento agrario adquiría dimensiones ideológicas, el movimiento laborista urbano en México evolucionaba desde fines de 1860 a lo largo del período revolucionario de 1910-1917 del mutualismo al cooperativismo, hasta llegar al anarco-sindicalismo revolucionario. Las organizaciones de la clase obrera mexicana, influidas por militantes y enérgicos organizadores anarquistas, destacaban las deplorables condiciones de trabajo en las fábricas; delataban las miserables condiciones de vida en las ciudades, y luchaban por una vida mejor. Fue así que los anarquistas hicieron más factible para esta clase una visión de lo que la sociedad ideal tendría que ser, y en qué manera la clase trabajadora debería organizarse para lograrlo.

El auge de la burguesía y el sistema de fábricas de producción de bienes en la segunda mitad del siglo XIX, creó un número sin precedentes de trabajadores urbanos. Este nuevo proletariado estaba formado por antiguos trabajadores agrícolas que habían emigrados a la ciudad en busca de oportunidades y de una movilidad social que la economía en expansión parecía ofrecer. No obstante, no lograron realizar sus esperanzas; acá tuvieron que confrontar nuevos obstáculos que comenzaban desde las terribles y poco higiénicas vecindades -barriadas que ni siquiera llegaban a tener los servicios básicos- como calles pavimentadas, luz, agua, transportes, sanidad y servicios médicos.[12] Estas condiciones sociales abrumadoras contribuyeron a una veloz propagación de las organizaciones e ideas revolucionarias.

Las horas de trabajo de los que eran lo suficientemente afortunados como para encontrar empleos de tiempo completo -hombres, mujeres o niños- fluctuaban entre doce y dieciocho diarias; las condiciones de trabajo imposibles y los salarios de hambre se sumaban también al descontento. Una carta abierta de protesta, escrita por los participantes en ocasión de una de las primeras huelgas laboristas urbanas de importancia en México, describía la situación con todo detalle:

«… hay obreros que perciben un salario de 16 centavos a la semana, y éste no se ha refutado… (el día de trabajo se extiende) en verano, de 5:15 a.m. a 6:45 p.m.… En invierno de 6:00 a.m. a 6:00 p.m…. ¡Este horario era corrido, pues los capataces sólo daban 5 minutos a los obreros para tomar sus alimentos!

Las condiciones en las fábricas de Puebla no son mucho mejores: los obreros perciben un salario de 2 ½ a 3 ½ reales diarios; las obreras reciben de ½ real a 1 ½. La jornada de trabajo la constituyen 18 horas de labor, con dos suspensiones de 15 minutos cada una para tomar alimentos.»[13]

Durante los 50 años anteriores a la Revolución, las vecindades y las fábricas se fueron convirtiendo cada vez más en semilleros de ideas revolucionarias, propagadas por ideólogos y organizadores que exponían las doctrinas europeas de Fourier, Proudhon, Bakunin, Kropotkin y, en menor grado, Marx. Los anarquistas mexicanos, un inconfundible grupo de revolucionarios sociales, a menudo se ven incluidos incorrectamente en le contexto del socialismo marciano subsecuente.[14] Aunque ellos se llamaban “socialistas”, su ideología anarquista los distinguía del movimiento marxista ruso posrevolucionario. El “socialismo” al que se adherían al principio era la versión proudhoniana-bakuninista, exportada primero a España y luego a América Latina. Más tarde, a principios del siglo XX, adoptaron el comunismo anarquista de Piotr Kropotkin, y a la larga abrazaron el anarco-sindicalismo. En México y en América Latina, el anarquismo pesó mucho más que el marxismo hasta después del éxito de la Revolución rusa.

Los organizadores de los movimientos trabajadores y socialistas del siglo XIX y principios del XX, eran a menudo estudiantes, trabajadores comunes o intelectuales, pero por lo general artesanos. Los estudiantes que participaban en actividades de organización de trabajadores también eran con frecuencia de origen artesano. Esta clase, con su tradición española de gremio, su sitio protegido en el mercado, tenía su origen ya desde la conquista romana de Iberia. En México prosperaron hasta el momento en que las fábricas comenzaron a producir zapatos, ropa y pan. Incapaces de competir con ellas, frecuentemente descendían al estatus de obreros, víctimas del progreso. Siguieron, no obstante, siendo los portadores de la tradición española del gremio, destacando la ayuda mutua y un exacerbado individualismo. Aparentemente, una gran mayoría del artesanado tanto como de la fuerza de trabajo, apoyaron inicialmente el programa liberal en nombre del progreso y del cambio. Pero la tradición gremial de los artesanos y la herencia comunal de los campesinos, no era lo más adecuado para preparar a esta nueva clase trabajadora urbana para la situación que vivían en las barriadas. Como las condiciones sociales, económicas y políticas que prevalecían en México no permitían que se diera satisfacción a sus demandas, era de suponer que a la larga se produciría un choque entre los trabajadores urbanos y los industrialistas urbanos que apoyaba el gobierno. Fue durante este conflicto que buena porción del movimiento de la clase trabajadora, dirigido por artesanos, desarrolló una posición de ideología anarquista.

El movimiento trabajador urbano mexicano del siglo XIX mantenía un contacto directo con la rama de Jura de la dividida Asociación de Trabajadores de la Primera Internacional, cuya base estaba en Europa, y en un momento dado hasta se afilió abiertamente a ella. Durante la última década del siglo XIX y la primera del XX, emergió una nueva dirección anarquista que nuevamente opuso la clase trabajadora al ancien régime, ayudó a promover las huelgas laborales que precedieron a la Revolución a lo largo de siete años de tumulto revolucionario, y a organizar a los trabajadores urbanos. Las cifras que alcanzaron los anarquistas al organizar esta fuerza de trabajo y al apoyar la reforma agraria, indudablemente los hace precursores de la Revolución mexicana de 1910. Durante la Revolución, y otra vez por influencia europea, el anarquismo, en forma de un sindicato anarco-sindicalista de afiliación internacional, la Casa del Obrero Mundial, hizo su aparición en México y desempeño un papel fundamental en la lucha.

En las últimas décadas del siglo XIX el sentimiento anarquista recibió un redoblado impulso debido al flujo considerable de inmigrantes españoles a México. Entre 1887 y 1900, el número de españoles con estatus de inmigrantes aumentó de 9553 a 16258.[15] En esa época, España tenía el mayor movimiento anarquista de todo el mundo, y como es natural, muchos de estos revolucionarios utópicos se fueron a refugiar a México. A principios del siglo XX, con la política del gobierno español que los obligaba al exilio y les daba el pasaje, los anarquistas de Barcelona que querían organizar a Hispanoamérica, y aquí se incluía a la clase trabajadora mexicana, consideraban a México una de las opciones para el exilio.


[1] Piotr Alexéievich Kropotkin, La ayuda mutua.

[2] Para una discusión excelente sobre estos puntos véase George Woodcock, Anarchism, pp. 201-202.

[3] P. A. Kropotkin, op. cit.

[4] Paul Avrich, The Russian anarchists, pp. 28-32.

[5] P. A. Kropotkin, op. cit.

[6] Ibid.

[7] Ibid.

[8] G. Woodcock, op. cit., pp. 21. 318-325

[9] Boletín de Información, CNT-AIT-FAI, núm. 193, 27 de febrero de 1934; citado por Juan Brademas. “Revolution and social revolution: the anarcho-syndicalist movemente in Spain, 1930-1937” (Tesis de doctorado), p. 343.

[10] P. Avrich, op. cit., pp. 19, 45, 55, 154-156; G. Woodcock, op. cit., p. 426.

[11] Para trabajos que describan extensamente la ineficacia de las milicias agrarias con organización tipo anarquista, véase Antonio Díaz Soto y Gama, La revolución agraria del sur y Emiliano Zapata su caudillo, p. 293; Robert E. Quirk, The Mexican revolution, 1914-1915, p. 325; John Womack, Zapata y la Revolución mexicana, p. 435, y casi cualquier libro sobre la guerra civil española.

[12] Ignacio M. Altamirano, Paisajes y leyendas: tradiciones y costumbres de México, pp. 184-185.

[13] El Socialista, 23 de enero de 1873.

[14] Véase por ejemplo, Gastón García Cantú, El socialismo en México, siglo XIX, p. 515.

[15] Juan de Dios Bojórquez, La inmigración española en México, p. 5.

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